La Corte Suprema de Estados Unidos no está revisando un tecnicismo jurídico. Está decidiendo quién pertenece a este país — y la respuesta ya la conocemos.
Yareli tiene diecinueve meses. Nació en un hospital de San Antonio, Texas, en febrero de 2024. Su madre, hondureña, cruzó la frontera embarazada y está en proceso de deportación. El padre nunca apareció en el registro. Yareli tiene certificado de nacimiento estadounidense, número de seguro social y una pediatra que la conoce desde que pesaba tres kilos. También tiene, desde esta semana, algo más: una Corte Suprema que está deliberando si ese papel — el que dice que nació aquí — significa lo que siempre significó.
No es un caso hipotético. Es el escenario concreto que la administración Trump llevó hasta el tribunal más alto del país cuando emitió, el primer día de su regreso a la Casa Blanca, una orden ejecutiva que busca eliminar la ciudadanía por nacimiento para hijos de personas sin estatus migratorio regular. La Corte no resolvió todavía el fondo del asunto — si la orden es constitucional o no — pero sí debatió esta semana si los jueces federales de instancias inferiores tienen autoridad para bloquearla a nivel nacional. El matiz importa, pero no tanto como lo que reveló el debate: que hay jueces dispuestos a dejarla correr, aunque sea parcialmente, mientras se litiga.
El mecanismo: ciento cuarenta años de derecho en revisión
La Decimocuarta Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, ratificada en 1868, es explícita: "Todas las personas nacidas o naturalizadas en los Estados Unidos, y sujetas a su jurisdicción, son ciudadanas de los Estados Unidos". Fue redactada después de la Guerra Civil para garantizar que los hijos de esclavos liberados no pudieran ser privados de ciudadanía por capricho legislativo de ningún estado. No fue un accidente de redacción. Fue una decisión deliberada para hacer el derecho inexpugnable.
La orden ejecutiva de Trump arguye que "sujetas a su jurisdicción" excluye a los hijos de personas sin documentos o con visas temporales. Es una interpretación que prácticamente ningún jurista constitucionalista serio ha sostenido en ciento cuarenta años. El precedente United States v. Wong Kim Ark, de 1898, ya zanjó el debate: la Corte Suprema de entonces reconoció la ciudadanía de un hombre nacido en San Francisco de padres chinos que, por las leyes de la época, no podían naturalizarse. La enmienda, dijo el tribunal, significa lo que dice.
Pero la Corte de 2025 no es la de 1898. Ni la de 1968. Tiene una supermayoría conservadora de seis contra tres, construida en buena medida por el propio Trump durante su primer mandato. Y lo que ocurrió en la sala de audiencias esta semana no fue un ejercicio neutro de interpretación: fue una señal.
La cadena de responsabilidad
La orden la firmó Donald Trump. La redactaron los arquitectos jurídicos de su agenda migratoria, entre ellos Stephen Miller, cuya obsesión con restringir toda forma de ingreso migratorio — legal o no — es documentada y pública. La defendieron ante la Corte los abogados del Departamento de Justicia, que argumentaron, con cara seria, que los jueces de distrito no deberían poder bloquear políticas federales de alcance nacional.
Pero la cadena no empieza ni termina en la Casa Blanca. El Congreso republicano no ha movido un dedo para frenar la orden. Los estados que la impugnaron lo hicieron solos, sin respaldo federal legislativo. Y la Corte Suprema — cuyos tres magistrados más recientes fueron designados por Trump y confirmados por un Senado republicano — escuchó los argumentos con una deferencia hacia el Ejecutivo que debería incomodar a cualquier persona que crea en la separación de poderes.
El proceso tiene nombre: no es reforma constitucional, que requeriría dos tercios del Congreso y ratificación de tres cuartas partes de los estados. Es reinterpretación judicial de una enmienda que fue escrita precisamente para no poder reinterpretarse de esta manera. Si prospera, no necesitarán cambiar la Constitución. Bastará con redefinir lo que significa.
La pregunta que nadie hace en los noticieros
¿Cuántos niños hay en este momento en territorio estadounidense cuya ciudadanía quedaría en suspenso si la orden se sostiene?
El Instituto de Política Migratoria estima que cada año nacen en Estados Unidos entre 250,000 y 300,000 bebés de madres sin estatus migratorio regular. En los últimos diez años, eso es entre dos y tres millones de personas que hoy tienen certificado de nacimiento estadounidense y que, bajo la lógica de la orden ejecutiva, serían redefinidas retroactivamente como no ciudadanas.
Nadie en la cobertura convencional hace esa pregunta con todas sus letras: ¿es esto retroactivo? La administración no lo ha aclarado. La Corte no lo discutió esta semana. Pero la lógica jurídica de la orden no tiene límite temporal explícito. Y si la ciudadanía puede negarse desde el nacimiento, puede negarse también después.
Lo que está en juego no es solo el estatus de los bebés que nazcan mañana. Es la posibilidad de que el Estado defina, con un trazo de pluma ejecutiva y la complicidad de un tribunal, quiénes son personas con derechos plenos y quiénes son residentes tolerados en su propio país de nacimiento.
El peso que queda
Yareli no sabe nada de esto. Tiene diecinueve meses y, según el registro médico del hospital de San Antonio, está sana. Su madre tiene una audiencia de deportación programada para agosto.
Hay una imagen que me parece útil para entender lo que está ocurriendo: la Decimocuarta Enmienda fue escrita por personas que habían visto lo que pasa cuando un Estado decide que ciertos nacimientos no cuentan. La escribieron para que no volviera a pasar. La escribieron para que no hubiera forma legal de decirle a un niño nacido en este suelo que su nacimiento es insuficiente.
Lo que la Corte Suprema está considerando esta semana no es un problema técnico de jurisdicción judicial. Es si ese candado — puesto ahí deliberadamente, después de una guerra, después de la esclavitud — puede abrirse con la llave equivocada.
Nacer aquí siempre fue suficiente. Hasta que alguien decidió que dependía de quién eras antes de nacer.
Por Carmen Delgado