Cuando un gobierno decide que los misiles valen más que la leche, no es un error contable: es una declaración de valores
En algún mercado de Los Ángeles, en algún pasillo de Pilsen en Chicago, en alguna tienda de abarrotes en el este de Dallas, alguien está haciendo la misma operación que lleva haciendo semanas: ver cuánto alcanza. Revisando el carrito. Devolviendo algo. Calculando si el arroz dura hasta el viernes. No hay drama en ese momento. Es un gesto silencioso, casi automático, que millones de familias repiten sin que nadie lo cubra en las noticias.
Esa misma semana, la administración de Donald Trump presentó ante el Congreso una solicitud presupuestaria de 1.5 billones de dólares para el sector de defensa. No millones. Billones. La cifra tiene tantos ceros que el idioma casi no sabe cómo pronunciarla. Y mientras esa petición recorría los pasillos del Capitolio, el mismo gobierno proponía recortes a Medicaid, a cupones de alimentos, a subsidios de vivienda, a los programas que sostienen, silenciosamente, la vida cotidiana de decenas de millones de personas.
No son dos noticias separadas. Son la misma noticia, contada desde dos extremos de la misma mesa.
Hay una operación ideológica que lleva décadas perfeccionándose en la política estadounidense, y consiste en hacer invisible la contradicción. Se llama al gasto militar "inversión en seguridad nacional" y al gasto social "dependencia del Estado". Uno suena a fortaleza; el otro, a debilidad. Uno evoca la bandera; el otro, la sospecha. Y así, con el simple trabajo del lenguaje, se vuelve natural lo que debería parecer escandaloso: que un país capaz de financiar guerras en el otro lado del planeta no pueda garantizar atención médica básica a sus propios ciudadanos.
La guerra con Irán —ya en su quinta semana, con un avión estadounidense derribado y sin señales claras de cómo termina— le da a esta lógica un impulso nuevo. Las crisis externas siempre han servido para justificar el gasto interno que de otro modo costaría defender. Cuando hay un enemigo, el presupuesto militar se vuelve sagrado. Y lo que se recorta al lado pasa casi sin discusión, como si los cupones de alimentos fueran un lujo en tiempo de guerra, no una necesidad permanente de familias que ya existían antes del primer misil.
Lo que estamos viendo no es una anomalía trumpista. Es la versión más descarnada de una estructura que viene de mucho antes. Pero la versión descarnada importa, porque quita el barniz y deja ver los huesos.
El economista John Kenneth Galbraith lo llamó, hace décadas, la paradoja de la "pobreza privada en medio de la riqueza pública": una sociedad capaz de producir bienes extraordinarios que, sin embargo, descuida sistemáticamente lo que no genera ganancia. La escuela, el hospital, el parque, el transporte colectivo. Hoy habría que añadir: y en cambio, encuentra siempre dinero para el arma siguiente.
Los 178,000 empleos creados en marzo son, en ese contexto, un número que el gobierno leerá como victoria. Y puede que técnicamente lo sea. Pero un empleo sin seguro médico, sin pensión, sin posibilidad de negociación colectiva, es un empleo que no detiene la operación del carrito en el supermercado. Es un empleo que existe en las estadísticas antes de existir en la vida.
La pregunta que pocas veces se hace en los titulares económicos es: ¿empleos en qué condiciones? ¿Con qué protecciones? ¿Suficientes para que una familia no tenga que elegir entre la medicina y la renta? Cuando la respuesta a esas preguntas es incómoda, se omite. Y el número limpio —178,000— flota solo, como si bastara.
Hay algo que la gente siente pero que el debate público raramente nombra con precisión, y es esto: la sensación de que el Estado existe para otras cosas, no para ellos.
No es cinismo puro. Es una conclusión razonable a partir de la evidencia acumulada. Cuando ves que el gobierno puede mover trillones para rescatar bancos en 2008, puede aprobar presupuestos militares sin discusión, puede subsidiar la industria farmacéutica mientras negocia con ella, pero no puede garantizarte que vas a tener dónde ir si te enfermas, ¿qué conclusión sacas? Que el Estado tiene prioridades, y tú no estás entre las primeras.
Esa sensación no se cura con comunicación institucional. No se cura con conferencias de prensa ni con datos macroeconómicos bien presentados. Se cura —si es que se cura— cuando la política pública hace lo contrario de lo que ha estado haciendo: cuando pone el gasto donde está el dolor, no donde está la rentabilidad electoral de corto plazo o el lobby más poderoso.
Mientras tanto, la desconfianza crece. Y en esa desconfianza caben muchas cosas, algunas de ellas peligrosas. El populismo de derecha ha sabido habitar esa sensación mejor que nadie en los últimos años. No porque tenga respuestas reales, sino porque al menos nombra la traición, aunque luego la profundice.
Canadá, con su propio fracaso en el reequipamiento militar —alcanzó apenas la mitad de su objetivo de recompra de armas—, ilustra algo distinto pero relacionado: que incluso los países que se presentan como modelos de moderación liberal tienen sus propias contradicciones entre el discurso y la capacidad real. El gasto en defensa se anuncia; la ejecución falla. Y mientras tanto, los sistemas de apoyo social siguen bajo presión de una lógica de austeridad que no se llama así, pero opera igual.
Nadie en el Norte global parece estar haciendo bien la pregunta fundamental: ¿para qué es el Estado? ¿Para proyectar poder hacia afuera, o para garantizar dignidad hacia adentro?
La imagen que queda, cuando uno pone todas estas noticias juntas, no es la de un cohete Artemis avanzando hacia la Luna con precisión y ambición. Aunque eso también esté ocurriendo, aunque sea un logro técnico genuino. La imagen que queda es otra: la de una familia en un supermercado haciendo cálculos que no debería tener que hacer, mientras en Washington se discute cuántos portaviones más hacen falta para una guerra que nadie eligió.
Alguna vez alguien dijo que un presupuesto no es un documento técnico: es una declaración de valores. Si eso es cierto —y lo es—, entonces el presupuesto que se está construyendo en este momento dice algo muy claro sobre a quién le importa este sistema.
La pregunta es si esa respuesta va a seguir siendo aceptable.
Por Roberto Medina